Una
melodía suena en el viejo reproductor de música, a su alrededor, las voces toman fuerza. El eco se dispersa en la
haima de lona. Los saharauis entonan, con creencia, un himno por la libertad.
Cantan a una paloma blanca y aunque las cuatro europeas no entiendan
hassaniyya (el dialecto árabe del Sahara) sienten que la familia que les ha acogido durante su estancia en los campos de refugiados de Tinduf deshilacha con esta canción las cuerdas que les estrangulan.
La canción protesta nace con el sentimiento reivindicativo y se extiende por todo el mundo. En cualquier lugar dónde se coarta la libertad surgen estos cantos. Es la reacción artística y más humana en contra de la opresión.
El tema por la libertad no es vinculante a un estilo, como la conocida “canción de autor”, sino que otros estilos han tomado la reivindicación social como motivo por el que subirse a un escenario o simplemente sacar la guitarra de la funda, entre ellos nos sonarán el ska o punk.
Contra las dictaduras
De los
50 a los 80, la canción protesta se levanta en contra de las dictaduras en España y Latinoamérica. Censurados, detenidos e, incluso, asesinados, los cantautores denuncian la falta de libertad y la precariedad de los colectivos menos favorecidos.
En
la Península,
Paco Ibáñez recupera la voz de los poetas prohibidos por el franquismo. Mientras otros, como Els Setze Jutges, se agrupan para reivindicar las lenguas regionales y la cultura popular. Beben de los artistas del otro lado del océano.
En América, el movimiento vive su momento de mayor auge con las voces de
Nacha Guevara,
Silvio Rodríguez o
Víctor Jara, de quien se cuenta que le cortaron las manos para que dejara de tocar la guitarra.
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